Nació ella.
No fue en un parto, ni recién nacida.
No fue de un momento a otro, tampoco. Pero fue un instante, con una imagen, que Eugenia definitivamente nació. Murió C., pasó al olvido su alma y espíritu. A su olvido, al interno. Murió, sufrió una metanoia severa y lo que quedó fue simplemente la apariencia externa. Las amistades, el hijo, los recuerdos superficiales. Pero murió si, secó en unos pocos minutos los pasados 35 años de ideas, experiencias, conocimiento, idas y venidas.
Eugenia sabía, ya desde su intuición, que podía ser cierto que Augusto estuviera escondiendo algo. Pero C. no lo podía creer. Augusto era la única persona en la cual confiaba de verdad. Había hecho un análisis exhaustivo de la sociedad, de las personas a su alrededor y de las pasadas. Todo en la vida comenzaba a tener sentido.
Eugenia era parte de un continum kármico de otra persona que se venía cansando de vivir esta dualidad de “realidad” y “verdad”. Eugenia venía pidiendo a los gritos que la dejara florecer, que la dejara ser de una vez por todas.
Un día C., cansada de vivir cerrada a los demás, cansada de no confiar y de vivir arriesgando, abrió sus puertas por segunda vez a Augusto. Y amó, amó de verdad como nunca. Se despertaba en las mañanas cada vez mas convencida de que amaba finalmente. “Esto es amor, si.” “De mim, derrámame em ti fazendo-te reis” le había descrito él al amor. C. estaba convencida, “me derramo en ti, porque lo que quiero de ti es hacerte rey. Es lo mejor para vos, a partir de una yo completa”.
Y una tarde, casi noche, la imagen que mató aquello en lo cual había puesto su granito de esperanza final. Eugenia apareció seria, serena, con su temple de emperatriz llena de creatividad, amor verdadero, y le dio un abrazo final a C. “Ya no hay más lugar en este mundo para vos.”, le dijo con lágrimas en los ojos.
Las lágrimas de Eugenia eran con algo de tristeza, pero llenas de comprensión, paz y compasión. Las lágrimas de C. eran de un corazón roto, de angustia y soledad. En esa angustia y desespero, C. desistió para siempre y se dejó llevar por la marea hacia el fondo del mar.
Adiós querida, pensó. Este mundo no está hecho para soñadores, para aquellos que confían, ni para compartir como siempre quisiste. Este mundo no es de hadas, ni de emociones firmes, ni de héroes o caballeros. Para sobrevivir, mejor dicho para vivir, este mundo es solitario, único, sobervio, severo y concreto.
Y nació ella, nació su libro, nació Eugenia.


