Camina, camina

Y el capitán me dijo “si te arriesgás a ser, intentarán derrubarte. Por dentro o fuera. Vos misma o los demás”.

No, respondí. Estoy segura de quienes elejí, de quienes hacen parte de la caminada. Familia, amigos, todos.
No confíes tanto, van a intentar derrubarte. Los felices son blanco constante de la propia frustración, insistía el capitán.

Y denuevo la terquedad interna que no permite la visión no distorcida de lo que me rodea. No puedo ni quiero creer que las críticas constantes no tengan como objetivo mi bien. Debo escuchar, debo abrir. Así crezco, piensa el ego. Constante vigilancia para mantenerlo neutro, no?

Y el capitán siempre tiene razón. (Por eso aprendo tanto con él)

Y la destrucción, o el intento, de la integridad de mis valores florece por doquier. La presión social, el ataque al autoestima, el juicio sin fundamento.

Me pregunto si debo aceptar de una vez por todas que uno de los precios de la evolución humana es quitar el velo de una realidad social que acepta y quiere al sufrimiento para existir. Y que si se quiere abrir mano, el camino es en solitario o de a muy pocos.

Terca. Terca. ¿Hasta cuando?

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