El demonio y el karma

Subí al tren, de mochila, de alegría. Un domingo lindo, de sol. Esos domingos levitantes, de subirse a algún transporte y transportarse al interior. A las rocas, a la escalada. A la paz. 

Subimos al tren los 4, él con su prole y yo con la mía. Felices todos. 

El azar, el acaso o quien sabe sea mi karma, me cacheteó con violencia. De la manera mas bizarra, mas inesperada, colocó sentado en el tren, enfrente mío, al demonio. 

Demoré en entender, en reconocerlo por unos segundos. ¿Será que es? ¿Vi bien?  Si. Había visto bien, era la personificación de lo que muchos describen como diablo, zatanás, el mal. Claramente enfrente mío, me observando queriendo intimidarme, queriendo asustarme. 

Fue cuando entendí al poder de la luz y la importancia de mantener la vibración de nuestro ser poderosa. “No vas a intimidarme”, la miré con desprecio. “No me asustás”, porque el bien y la luz en este mundo ganan. Porque el karma cobra, y hasta cobrar acumulamos en nuestra cuenta todos nuestros haceres y deshaceres. Porque quien decide se amar y ser feliz irradiando luz, siempre supera con una sonrisa altanera y petulante al que elije al mal como su camino. 

No, no me voy a cambiar de lugar. Te voy a encarar de espalda, me mostrando entera. Linda y radiante, verdadera. 

Tu castigo es tu karma. Es la sombra, es tu embalaje. Es tu almohada todas las noches. 

Y reí. Casi incotenidamente. Reí porque nada entró. Porque el miedo del pasado murió. Reí porque el demonio perdió. 

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