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Un grillo entre las hormigas

Cuando el Pitufo la miró serio, ella se estremeció, siempre se estremece. Sus ojos oscuros, redondos y marcantes le intimidan el pensamiento, inclusive la palabra.

La princesita escondió la sonrisa radiante y estiró la columna. La posición recta le daría un tinte de importante, y de alguna manera pretendía que al circular la sangre libremente por los canales debidos, la mente enfocaría en una respuesta que no fuera sino lo que quería dar.

– Sos un grillo entre las hormigas. – le dijo el Pitufo. – Y yo me considero un grillo también, pero no me trates como hormiga. – replicó enseguida.

La princesita que aún no encontraba posición correcta para su cuerpo, imaginaba un gran campo verde con flores de manzanilla aromatizando el paisaje. En ese campo, en ese viaje, residían las hormigas. Pero aquellas de película infantil, con caritas felices y cuerpitos redondeados. Trabajaban contentas, cada una en su posición importante, fundamental y esencial al todo. El grillo solitario vendría a los saltos, pisoteando sin mirar, sudoroso, ruidoso e impetuoso.

En el cuento de la princesita, el grillo no se definía entre el bien y el mal. Al fin y al cabo habría que pensar qué es el bien, quién escribe sobre el bien. ¿Quiénes son los malos?  ¿Porqué son malos? Parece que el enano del otro día tenía razón: le había confesado a la princesita que el problema todo del universo estaba en los conceptos. “Blanco, negro, bueno, malo… al fin y al cabo, princesita, ¿quién decide por nosotros? La palabra.”

El grillo pasó impetuoso por el campo de manzanillas. Al final ¿ser el grillo de la historia estaba bueno? Tal vez el problema del grillo sea justamente ese, no encajar en la exactitud de lo que un todo define y espera. Pero al pasar con su salto heroico, su postura gobernante y arrogante, inclusive la hormiga mas distraída pensaría que tal vez esa libertad fuera lo que le faltaba para ser feliz. 

La princesita guardó la imagen del campo de hormigas lejos de su pensamiento, para volver la atención al Pitufo que continuaba serio, pero iluminado. Tenía razón, era un grillo entre las hormigas. Pero ¿quién gobernaba su accionar?

 

 

 

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